JEREZ DE GARCÍA SALINAS. A simple vista, el rancho Las Albercas era solo otro predio abandonado. Pero bastaba caminar unos metros para advertir que algo no encajaba. Entre la maleza sobresalían botellas de licor, zapatos sin dueño. Los alambrados estaban cortados y las cerraduras violentadas. El lugar parecía guardar una historia que la tierra todavía no terminaba de contar.
Las habitaciones, aún en obra negra, guardaban señales que para otros pasarían desapercibidas. En una de ellas, la tierra había cambiado de color. Bajo el sol, brillaba oscura, casi negra.
—Es por la grasa de un cuerpo —explicó una de las integrantes de Las Escarabajo.
Era el segundo día de prospección para el colectivo de búsqueda independiente. La jornada volvería a arrojar resultados. Tres cuerpos más fueron localizados en el predio, sumándose al hallazgo realizado un día antes. Cuatro personas que, después de permanecer ocultas bajo tierra, iniciaban el camino de regreso a casa, esta vez con la posibilidad de recuperar un nombre, una historia y una identidad.
A unos cuantos metros del rancho se extendía un campo de béisbol donde la vida continuaba. Mientras la búsqueda avanzaba entre indicios de violencia y ausencia, los juegos seguían desarrollándose con normalidad.
—El lado oscuro siempre está del otro lado —dijo uno de los solidarios que acompañaban la jornada.
El terreno estaba dividido en numerosas habitaciones. Al fondo, el paisaje se abría en una extensión verde alimentada por las lluvias recientes. El rocío aún descansaba sobre la hierba y los árboles más altos proyectaban largas sombras sobre cinco caballerizas.
Fue ahí donde la tierra volvió a hablar.
Dos de las caballerizas marcaron puntos positivos. En ellas fueron localizadas dos osamentas prácticamente completas. La ropa permanecía junto a los restos. Algunos estampados seguían siendo reconocibles. También había joyería, calzado y pequeños fragmentos de una vida interrumpida. Los dientes permanecían intactos. Algunos rastros de cabello resistían todavía el paso del tiempo.
En los cráneos eran visibles restos de cinta canela adherida alrededor de la cabeza, vestigios silenciosos de la violencia que atravesaron antes de morir.
Resultaba imposible contemplar el paisaje sin pensar en el contraste. El verde de los campos, la humedad de la lluvia reciente y el canto ocasional de las aves convivían con la certeza de que aquel había sido un lugar habitado por el dolor.
En uno de los patios, más de diez pares de zapatos permanecían esparcidos sobre la tierra. Había una cachucha decorada con símbolos de juegos de azar. También varias imágenes de la Virgen de Guadalupe, colocadas aquí y allá entre los objetos abandonados, encontradas en un sitio de exterminio o de ocultamiento, la ironía de evocar la figura de una madre que conoció el sufrimiento.
Para quienes buscan y quienes documentábamos la jornada, aquella escena resultaba más perturbadora que cualquier imagen violenta y gráfica. Porque los zapatos no mostraban cuerpos, pero hablaban de ellos. Cada par sugería una ausencia. Cada objeto parecía contener una historia suspendida.
En medio del abandono, los zapatos seguían esperando a quien jamás volvió a calzarlos.
La lluvia comenzó a caer cuando la jornada llegaba a su fin. Las gotas golpeaban la tierra removida, como si también vinieran a acompañar a quienes durante años permanecieron ocultos bajo ella.
Antes de retirarse, las madres volvieron a las fosas ya cubiertas. Sobre cada punto colocaron una cruz con la imagen de Jesucristo y una leyenda sencilla: “Aquí yace un hermanito nuestro martirizado por la violencia”. Después elevaron una oración y rociaron agua bendita sobre la tierra.
No saben aún quiénes son. No conocen sus nombres ni las historias que los llevaron hasta ahí. Pero los despiden con respeto y les ofrecen aquello que ninguna persona debería perder: la certeza de que alguien los encontró, que alguien los nombrará y que alguien los espera en algún lugar.
Cuando la lluvia cesó, el sol volvió a abrirse paso entre las nubes.
Quizá era solo el fin de la tormenta. O quizá anunciaba el comienzo del regreso para quienes, después de tanto tiempo, han empezado el camino de vuelta a casa.
La consigna sigue siendo la misma: encontrarlos a todos, con vida.
Fotos: Jesse Mireles




















