El miedo a quedarnos solos con nuestra opinión no desapareció con Internet. Se mudó de casa.
Durante décadas, la teoría de la espiral del silencio (Neumann, 1972) sostuvo que las personas observan constantemente su entorno social para saber si comparten la opinión de la mayoría o si están nadando contracorriente. Ese cálculo influye en nuestra disposición a hablar. Cuando percibimos que nuestra posición es minoritaria y que expresarla puede llevarnos al aislamiento, tendemos a guardar silencio.
La pregunta inevitable con la llegada de las redes sociales fue si Internet rompería esa espiral o simplemente le daría nuevas condiciones para seguir funcionando.
La teoría no se quedó congelada en los años setenta. En 2018, Matthes, Knoll y von Sikorski publicaron un metaanálisis que reunió 66 estudios y más de 27 mil participantes. Encontraron una relación positiva entre percibir apoyo a la propia opinión y estar dispuesto a expresarla. Esto también ocurre en los entornos digitales.
Internet parecía tener todo para debilitar el fenómeno. Es más sencillo encontrar personas que piensan como nosotros. El anonimato puede disminuir el costo de expresar una opinión impopular y una pantalla elimina algunas señales de rechazo presentes en una conversación cara a cara.
Sin embargo, los estudios comparativos no muestran que el silenciamiento desaparezca en los espacios digitales. La espiral sigue ahí, aunque adaptada a un nuevo entorno.
La frontera entre internet y la vida cotidiana también se ha vuelto difícil de establecer. Nuestros contactos en redes suelen ser las mismas personas con las que convivimos en la familia, el trabajo o la comunidad. Perder un amigo, provocar un conflicto familiar o poner en riesgo una relación profesional por una opinión política sigue teniendo un costo, aunque la discusión ocurra detrás de una pantalla.
Las redes añadieron, además, nuevas señales para interpretar el clima de opinión. Likes, comentarios, compartidos y tendencias permiten observar qué opiniones parecen tener respaldo y cuáles generan rechazo. Quien teme el aislamiento puede terminar mirando esos indicadores con la misma atención con la que antes observaba la conversación de quienes estaban alrededor.
Podemos estar rodeados de miles de personas y, al mismo tiempo, sentirnos completamente solos con lo que pensamos.
Hay otro elemento todavía más problemático. La percepción de una mayoría puede fabricarse. Bots, cuentas automatizadas y campañas coordinadas pueden multiplicar determinados mensajes hasta producir la impresión de que una posición tiene mucho más apoyo del que realmente posee. Los trolls pueden castigar la disidencia mediante ataques que buscan desgastar más que convencer.
Un ciudadano puede entonces percibir un clima de opinión que no corresponde con la realidad, concluir que su posición es minoritaria y decidir no expresarla. Quizá aquella mayoría nunca existió. Pero para que la espiral funcione basta con que la persona crea que existe.
La tecnología no necesita convencerte de que estás equivocado. Le basta con convencerte de que estás solo.
Aquí conviene distinguir entre participación y deliberación. Las redes ampliaron enormemente las posibilidades de participar. Podemos publicar, comentar, compartir información y entrar en conversaciones a las que antes difícilmente habríamos tenido acceso.
Deliberar es otra cosa. Implica escuchar al otro, argumentar y aceptar que una opinión diferente puede tener alguna razón detrás. Un espacio donde solamente hablan quienes ya están de acuerdo puede tener mucha actividad y, sin embargo, producir poca deliberación. Amplifica opiniones, pero no necesariamente las confronta.
Las consecuencias de lo anterior para la democracia merecen atención.
Además de votos, una democracia también necesita ciudadanos capaces de disentir sin miedo y de convivir con quienes piensan distinto. Si el temor al aislamiento sigue operando en las redes, reforzado por algoritmos, cámaras de eco, mayorías artificiales y ataques digitales, podemos terminar con una esfera pública donde muchos observan lo que parece aceptable decir y prefieren callar.
Lo preocupante es que ni siquiera necesitamos estar frente a una mayoría real. Basta con percibirla.
Por eso la respuesta no consiste únicamente en defender la libertad para hablar. También necesitamos mejores condiciones para escuchar. Verificar antes de compartir, desconfiar de los consensos demasiado perfectos, discutir los argumentos en lugar de descalificar a las personas y aceptar que el otro puede equivocarse sin convertirse por ello en nuestro enemigo.
La espiral del silencio no es un destino inevitable. Tampoco es un fenómeno que Internet haya conseguido borrar.
Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos con los demás. Y, sin embargo, seguimos teniendo miedo de quedarnos solos.
Cuidar la democracia también significa cuidar esa conversación.
